sábado, 26 de enero de 2013

El mito contemporáneo.


Vanidad.

Miraba hacia donde no debía y encontré el espectáculo.
Las luces me cegaron a pesar de estar la atmosfera apagada.
Encontré un hoja en blanco, aunque no observé otra cara.
Reflejó mi cristal la imagen equivocada.

Dogma.

Primero lloró mi razón, después enmudeció.
Se alimentó tu doctrina de mi dócil religión.
Copió lineas sin permiso, y después las recitó.
Hiciste tuyas mis palabras, que injusta decisión.

Boveda celeste.

Bailó a solas la luna en su fase menguante.
El cielo septentrional estaba celoso y triste.
Dejé de pretenderle en madrugas, antes de ir a dormir.
Él que tantas noches me meció en su secreta quimera.

Anáforas.

No fue necesarió que nadie lo explicase.
Era el deja vú que tanto tiempo esperé.
Aliteraciones que aceleraban mi núcleo.
Desde un principio lo supe, como llegó se fue.




Nació mi fénix entre todas aquellas cenizas, grises, frias y tuyas.

lunes, 14 de enero de 2013

La dinámica de los procesos innatos.


Cogió con pinzas sus mejores motivos y los dejo secar al sol, a la luz del astro rey parecian mucho más convincentes. Comprendió que debía ser más fuerte que el impulso que generaba su joven corazón, intentaría diezmarlo, pero sabía que se trataba de su músculo más testarudo. Notaba frias las palmas de las manos y era normal pues era invierno, aun así echo en falta el rubor de aquel calor. No habia señales confusas, todas apuntaban en la misma dirección, aunque era consciente de que nunca  fue muy bueno su sentido de la orientación. Se prohibió ciertos habitos, lo llevaba con bastante disciplina, cambio los husos horarios para despertar después de nacer el día. Se anuló su olfato nocturno para su dormir más llevadero, no escogió lado alguno de la cama, aunque no se movía durante el sueño. Pensó en tirar todos sus botones en cualquier alcantarilla, puede que así perdiese costumbres arcaicas. No quería razonar más de lo necesario pues no le sirvió el juicio en este tiempo, reía con su torpeza, la que aliviaba el desdén de sus intentos. Admiró su recuerdo de ella misma, creía estar en lo cierto, aunque al final como siempre su presentimiento fue incorrecto.



Si escuece es que está curando.

martes, 8 de enero de 2013

La educación de una vida


Escribo con palabras cuidadas lo que parecen historias.
He descubierto que tengo en la nuca la cueva secreta de mi memoria.
En lo más alto de mi espalda se une el recuerdo y el placer.
Se tuesta al sol en verano y en invierno no duerme antes de las tres.
Las yemas de los dedos se vuelven hipersensibles al anochecer.
Tengo en el cuerpo sensores mágicos que no se activan con cualquier piel.
Y mi olfato se agudiza para vencer a la dulce ausencia de luz.
Extendida en horizontal llega si no lo espero la quietud.
Se escurre en mi cabello ese aroma de nombre desconocido.
Bailan sobre mi vientre las cosquillas que creí haber perdido.
Y entre algunas fases del sueño, mi vigilia se suele a escondidas despertar.
Por ello en la mano izquierda tengo un dedo que índica hacia donde soñar.
Se ensacha intermitente mi tórax, el que tumbada se me antoja estrecho.
La respiración se sincroniza con el calor, el que vive en la parte izquierda del pecho.
Mi alma a sus anchas se pasea, pues paso mi duermevela con la boca entreabierta.
Por las mañanas siempre bostezo para que pueda entrar cuando vuelva.


Es evidente que la educación de mis sentidos nunca fue estricta.

La chica celofan


Se destapó el pecho porque le ardía y creyó adivinar que se salía el corazón, no le dejó de doler.
Recorrió las marcas de su cuerpo y en la cuarta y última se paró.
Tembló al perder la certidumbre. sin embargo mantuvo tensa la postura.
Descargas nocturnas le recorrian la columna invertebral, la atravesaban.
Adivinó acontecimientos y se culpó por no parar aquel efecto dominó.
Severa en las maneras quiso ser inflexible en necesidades básicas.
Que difícil era dormirse, entonces volvió a educar a sus fases Delta y REM.
Oniria transitoria, antes de despertarse sin apenas respiración.
Desmerecida se consolaba, aun sabiendo que la culpa era suya.
Bailaba inconsciente, mientras imaginaba canciones diferentes.
Decidió apagar la luz roja y disfrutar sola de su oscuridad.
Comparó heridas y descubrió que se parecian, aunque nunca en su totalidad.
Se escurrió el alma vetusta y la dejo con cuidado descansar.
Exigió a las casualidades que la dejasen por un tiempo en paz.


Miro sus palmas y supo diferenciar perfectamente la cromaticidad, desconsolada se echo a llorar.


La relevancia de las personas se puede medir en si dejan su color en tus manos cuando se van.